Hay algo perverso en la industria actual. Puedes hacer una canción con un groove impecable, una letra pegadiza y alegre, un master de nivel internacional, y aun así… Spotify te escupe del algoritmo como si hubieras grabado con un micro de portátil.

¿Motivo?
Demasiado buena.

Sí, has leído bien: suena demasiado bien.
Y eso, para un sistema entrenado en premiar la mediocridad estadística, es una amenaza.

La paradoja del sonido perfecto

Spotify no mide calidad, mide conformidad.
Su algoritmo no pregunta “¿esto suena increíble?”, sino “¿esto se comporta como el resto de lo que ya suena?”.

Si tu master tiene mejor dinámica, más claridad y un bajo que no se desintegra en auriculares baratos, el sistema lo marca como anómalo.
Y lo anómalo no se promociona, se oculta.

Así, las playlists acaban llenas de:

  • letras de tres palabras,

  • beats reciclados,

  • voces tan procesadas que parecen IA, mientras los artistas que producen con criterio, emoción y oído clínico son castigados por sonar demasiado bien.

La ironía es perfecta: la mediocridad es la nueva norma de oro.

Discriminación institucional 2.0

Por si fuera poco, los editores humanos —esos que deberían equilibrar el juego— solo revisan lo que llega con “banderas verdes”:
acuerdos de sello, campañas activas, crecimiento fabricado, fake engagement.

Si llegas desde la independencia, aunque publiques 25 discos en cuatro meses y tengas feedback real, tu pitch ni siquiera se abre.
Y mientras tanto, el mismo beat, la misma frase vacía y la misma mezcla saturada vuelven a entrar una y otra vez.
La máquina está hambrienta de lo conocido, no de lo bueno.

Discriminación algorítmica: el enemigo invisible

Spotify no discrimina personas, discrimina desviaciones.
Y la calidad, la innovación o la sensibilidad auténtica son desviaciones.
No caben en su modelo de “consumo predecible”.

El algoritmo no odia la excelencia: simplemente no sabe qué hacer con ella.
Por eso, mientras el ruido promedio se premia, el arte real se silencia en nombre del “engagement”.

Conclusión

El nuevo mainstream no se define por talento, sino por compatibilidad estadística.
Y lo más trágico: muchos de los que hoy dominan las listas no sobrevivirían 10 segundos sin esa red de sesgos automatizados.

Así que si tienes una canción que suena demasiado bien y nadie la pone en portada…
felicidades. Eres oficialmente culpable de excelencia.


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